Cuento: La princesa que no quería serlo

Cuento: La princesa que no quería serlo 1

La princesa que no quería serlo

En el reino de Aeloria, donde los albores tocan las cristalinas aguas del lago Siriad, vivía una princesa llamada Lia.

Contraria a la imagen regia que muchos podrían esperar, Lia vestía túnicas simples y prefería el contacto con el barro del jardín a las sedas del trono.

Su cabellera dorada caía en desorden sobre los hombros, como una cascada de rizos desenfrenados, y es que la presión y las formalidades de la realeza no era lo suyo.

«¿Por qué he de pasar mis días estudiando etiquetas y practicando reverencias?», se preguntaba.

Lia creía firmemente que su destino no estaba encerrado entre las paredes de un castillo sino entre las hojas de los libros de aventuras que devoraba cada noche bajo la luna.

Siempre soñaba con explorar antiguos templos, resolver enigmas enterrados en el tiempo y, más que nada, vivir lejos de las expectativas de una corona que le pesaba.

Su madre, la Reina Seraphina, era una mujer de porte elegante cuyo rostro reflejaba la tranquilidad de un estanque en calma, pero cuyos ojos astutos nada se les escapaba.

«Lia, querida, debes comprender que como princesa, llevas la esperanza de la gente en tu corazón», decía, tratando de infundirle sentido de responsabilidad.

La princesa, sin embargo, encontró una esperanza diferente cuando conoció a Joran, el bibliotecario real.

Joran era un joven de originales ideas, fascinado por el conocimiento y las leyendas antiguas.

No era muy diestro en las cortesías, pero su ingenio no tenía par. «La verdadera magia», le decía a Lia, «está en las historias que sobreviven al tiempo, las que enseñan y entretienen».

Juntos, hallaron en la biblioteca del castillo un mapa antiguo que señalaba la ubicación de un artefacto legendario.

Esa noche, bajo la manta de estrellas, tomaron la firme decisión de embarcarse en una aventura que cambiaría sus
vidas.

«No podemos huir de nosotros mismos, pero sí podemos encontrarnos en el camino», susurró Lia con determinación,
mientras empacaban algunos pergaminos y suministros para la travesía.

El sol aún se escondía bajo el horizonte cuando los dos aventureros, con la complicidad de la oscuridad, sortearon los guardias y abandonaron el castillo.

Se adentraron en el Bosque Atemporal, un lugar de misticismo donde se decía que los árboles susurraban secretos a aquellos que estaban dispuestos a escuchar.

Avanzaron día tras día, enfrentando desafíos que los hicieron fuertes, enfrentándose a criaturas mágicas y aprendiendo el idioma de la naturaleza.

Con cada amanecer, descubrían versiones cada vez más puras de sí mismos, dejando atrás las máscaras que la vida en el palacio les había obligado a llevar.

Una mañana, mientras los primeros rayos del sol danzaban entre las ramas, llegaron a una claraboya donde se erguía una torre en ruinas.

«Aquí debe estar», susurró Joran apuntando al mapa, cuyos bordes se desvanecían con el paso del tiempo.

Dentro de la torre, superaron acertijos inscritos por mentes antiguas y, finalmente, ante ellos se reveló el artefacto: un espejo del tamaño de un escudo, incrustado en el corazón de la torre.

Al reflejarse en él, Lia no vio su propia imagen, sino la de una mujer guerrera, líder y sabia, rodeada por su pueblo que la miraba con admiración y amor.

«Es el Espejo de Shaila, muestra no lo que eres, sino lo que puedes llegar a ser», explicó Joran, atónito ante la revelación.

El viaje de regreso fue diferente.

Lia comprendió que ser princesa no significaba perderse en un mundo de protocolos, sino guiar a su gente con integridad, valentía y compasión.

Su aventura le había enseñado que la verdadera realeza no reside en un linaje, sino en las acciones y el corazón de quien está dispuesto a sacrificarse por los demás.

Al volver al castillo, fueron recibidos con júbilo y algo de reprimenda por la preocupación causada.

Pero la Reina Seraphina vio el cambio en su hija: «Ahora veo en tus ojos la llama de aquellos que saben que su vida es suya para forjarla», dijo con lágrimas de orgullo.

Con el tiempo, Lia ascendió al trono, aplicando las lecciones aprendidas en su viaje.

Mientras que a Joran le fue otorgado el título de Consejero Real, debido a su lealtad y sabiduría. Con él al lado, la prosperidad y la paz se extendieron en Aeloria como nunca antes.

Lia se convirtió en una leyenda, la princesa que había viajado por tierra ignota para hallar no solo un artefacto mágico, sino lo que verdaderamente significaba ser una líder.

En las noches claras, jóvenes y mayores se reunían para escuchar la historia de la princesa que no quería serlo, pero que descubrió que serlo era mucho más de lo que ella había imaginado.

Moraleja del cuento «La princesa que no quería serlo»

No se trata de cargar con un destino impuesto, sino de forjar uno propio con las herramientas que la vida te proporciona.

El valor y la determinación son los verdaderos adornos de la nobleza, y la grandeza puede florecer en la aventura de descubrir quiénes somos realmente.

Un título no define al individuo, sino cómo uno decide llevarlo y hacerlo significa algo para sí mismo y para los demás.

Abraham Cuentacuentos.

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