La promesa sellada en el jardín secreto de flores eternas 1

La promesa sellada en el jardín secreto de flores eternas

La promesa sellada en el jardín secreto de flores eternas

En un pequeño pueblo, donde el murmullo del viento susurraba leyendas al oído de las colinas, vivía una mujer de ojos como el crepúsculo y cabello tan dorado como la última luz del día. Amalia, se llamaba, y su corazón guardaba la serenidad de los mares en calma. Solía pasear por el jardín secreto, un lugar oculto tras los muros del olvido, donde las flores nunca marchitaban y el tiempo parecía detenerse.

Una tarde, mientras se deleitaba con la dulzura del jazmín, se encontró con Elías, un viajero de mirada afable y voz reconfortante. Su aspecto desvelaba numerosas jornadas bajo el sol y las estrellas. «¿Quién eres, visitante de pasos silenciosos?», inquirió Amalia con intriga. Elías sonrió suavemente, «Soy un soñador en busca de la belleza escondida en este mundo, y he encontrado su reflejo en este jardín… y en tus ojos.»

Poco a poco, el jardín los fue uniendo con hilos invisibles de afecto y complicidad. Compartieron historias de días pasados y sueños de un futuro aún por tejer. «Amalia, mi vida ha sido un constante deambular, pero en la quietud de este lugar, junto a ti, he encontrado un propósito lleno de esperanza», confesó Elías una tarde bajo la sombra acogedora de un viejo cerezo.

«Y yo he descubierto que los cuentos que susurran las brisas pueden ser realidad», respondió ella, mientras su mano rozaba la de él, tan suavemente que las mariposas se atrevieron a danzar alrededor.

Los días pasaban, y el jardín parecía abrazarlos con cada pétalo y cada hoja. Pero el destino, como el más astuto de los zorros, tenía otros planes. Una mañana, Elías recibió noticias de que debería emprender un viaje sin retorno para atender la llamada de su legado olvidado.

«Debo partir, Amalia. Mi corazón quedaría aquí, si pudiera», dijo él con una tristeza que calaba los huesos. «Pero guardaré en mi pecho la promesa de un reencuentro envuelto en la eternidad de este jardín». Las lágrimas que brotaron de Amalia brillaron como perlas en la tierra fértil.

«Y yo abrigaré la esperanza de ese día, sellando nuestra promesa con cada flor que cuide», prometió ella, entre sollozos que se confundían con el murmullo del arroyo.

Los amantes se dieron un último abrazo, en el que se expresó todo el amor que las palabras no alcanzaban a definir. Elías partió, y la sombra de su silueta se fundió con los matices del atardecer. Amalia, por su parte, se convirtió en la guardiana del jardín secreto, cultivando no solo flores, sino también la dulzura de los recuerdos.

Meses se convirtieron en estaciones, y las estaciones tejieron años. Aún así, la figura de Amalia permanecía inmutable, su esperanza inquebrantable como el bastión de un faro en mitad de la tormenta.

Una noche, bajo un manto estrellado bordado por luciérnagas, Elías regresó. El amor lo había guiado a través de desiertos y mares, de valles y montañas, de vuelta al jardín secreto donde su promesa había quedado suspendida en el tiempo.

«Mi amor, has vuelto», dijo Amalia, cuyos ojos resplandecieron con una luz que competía con la de las estrellas mismas. «Nunca dejé de creer.»

«Y yo nunca dejé de amarte. Mi viaje, aunque largo y arduo, me enseñó que el hogar verdadero estaba aquí contigo, en cada pétalo de esperanza que florecía año tras año», expresó Elías con voz firme, tomándola entre sus brazos.

En ese instante, el jardín secreto se iluminó con una magia antigua, y las flores eternas brillaron con un esplendor nuevo. La promesa sellada entre Amalia y Elías había resistido el paso del tiempo, y ahora, la eternidad cobraba sentido en su reencuentro amoroso.

Juntos, vivieron cada día con la certeza de que las promesas hechas con amor verdadero son como las flores de su jardín secreto: eternas y siempre florecientes.

Moraleja del cuento «La promesa sellada en el jardín secreto de flores eternas»

Las verdaderas promesas del corazón son aquellas que, como las flores más exquisitas, resisten cada tormenta y florecen con cada primavera, demostrando que el amor y la esperanza superan la distancia y el tiempo.

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