La verdadera alegría de la Navidad
La Navidad no es un día en el calendario.
Es una invitada que llega cada año a nuestra puerta, cargada de tesoros que no se pueden envolver, y que casi siempre se encuentra con la misma respuesta: el silencio de las casas llenas de ruido.
La invitada que olvidamos invitar
Hubo un tiempo en que la Navidad se sintió profundamente sola.
Caminaba por las calles y veía las luces brillantes, los escaparates repletos y la gente corriendo con bolsas, pero nadie la miraba a los ojos.
La gente celebraba el nombre de la fiesta, pero nadie recibía a la invitada.
Ella buscaba un lugar donde descansar su esencia, pero solo encontraba agendas apretadas.
Estaba a punto de rendirse cuando, en una callejuela apartada, escuchó una risa que no sonaba a compromiso, sino a verdad.
Se asomó por una ventana pequeña.
Dentro, un grupo de niños no estaba contando regalos; estaban contando historias.
Tenían un árbol, sí, pero sus luces no intentaban impresionar a los vecinos, sino iluminar el rostro del que tenían al lado.
La Navidad entró sin pedir permiso, porque la inocencia siempre deja la puerta entornada.
—¿Quién eres? —preguntó el más pequeño. —Soy lo que estáis celebrando —respondió ella, sintiendo por primera vez el calor de un hogar.
Se quedó allí, cantando y compartiendo la sencillez de un dulce.
Pero al amanecer, supo que su misión no era quedarse en el refugio de los niños, sino desafiar el frío de los adultos.
El Secreto de la Anciana
Caminó hasta los límites del bosque, donde vivía una mujer que el pueblo llamaba «la loca del silencio».
La anciana la recibió con una taza de té y una mirada que parecía haber visto mil inviernos.
—Estás triste —dijo la anciana—, porque crees que te han olvidado. —Están muy ocupados —respondió la Navidad—. Tienen prisa por comprar mi presencia, pero no tienen tiempo para sentirla.
La anciana sonrió y le dijo la verdad que cambiaría todo: —La Navidad no es algo que se organiza, es algo que se permite.
La gente cree que tú eres el regalo, cuando en realidad tú eres la oportunidad.
Siempre habrá alguien esperándote, siempre que tú estés dispuesta a entrar no por la puerta de la billetera, sino por la del corazón abierto.
La transformación de la mirada
Desde ese día, la Navidad dejó de buscar «celebraciones» y empezó a buscar encuentros.
Apareció en la casa de Ana, una mujer que siempre había creído que la Navidad era una lista de tareas pendientes.
La Navidad no le llevó adornos nuevos; le llevó la capacidad de mirar a su vecino, ese que pasaba las fiestas solo.
Ana, inspirada por esa presencia invisible pero rotunda, abrió su puerta.
Y lo que empezó como una cena para dos, se convirtió en un banquete para los olvidados.
Los vecinos, al ver la luz que salía de esa casa —una luz que no se apagaba al desenchufar el árbol—, sintieron el contagio.
El pueblo entendió que la verdadera alegría no era el evento, sino la disponibilidad.
Las luces desaparecían en enero, sí. Los adornos volvían a las cajas de cartón.
Pero la invitada ya no se iba.
Se quedaba a vivir en el rincón del pecho que aprendió que dar es la única forma de no estar vacío.
Moraleja del cuento de la verdadera Navidad
La Navidad no sufre por la falta de regalos, sino por la falta de presencia.
No busques la magia en los escaparates; la magia es el valor de abrir tu puerta a quien no tiene nada que darte a cambio.
La verdadera alegría no se compra con una tarjeta de crédito, se conquista con el coraje de ser bondadoso en un mundo que tiene prisa.
¡Feliz Navidad!
Abraham Cuentacuentos.
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