Cuento: Caricias de la luna sobre el mar de amor que acunan el alma femenina

Cuento: Caricias de la luna sobre el mar de amor que acunan el alma femenina 1

Caricias de la luna sobre el mar de amor que acunan el alma femenina

En un pequeño pueblo costero, donde las olas besaban suavemente la arena y las estrellas reflejaban sus destellos en el mar, vivía una joven llamada Alina.

Con su cabello tan oscuro como la noche sin luna, y sus ojos tan profundos como el mismo océano, Alina guardaba en su interior un corazón ardiente y lleno de anhelos.

Era conocida entre los vecinos por su pasión por el arte, el dibujo de los cuerpos bajo la luna, esculpiendo en el aire las danzas de las mareas. «El amor», susurraba ella, «es como la mar: inmenso, misterioso y siempre cambiante».

Alina solía pasear por la orilla al caer la tarde, dejando que sus pensamientos se perdieran con el ir y venir de las olas.

Un atardecer, mientras la brisa acariciaba su rostro y el sol se despedía pintando el cielo de tonos púrpura y naranja, notó una silueta firme y gentil cerca del acantilado.

Su nombre era Iván, un joven marinero de ojos claros como el horizonte y sonrisa resplandeciente como la luz del faro que guiaba a los barcos a la seguridad.

Las manos de Iván, rudas por la sal y las redes, eran sin embargo delicadas cuando acariciaba al viento en busca de la forma de las nubes.

El primer encuentro fue tímido, un mero intercambio de miradas y una curiosa sonrisa compartida.

A medida que los días pasaban, Alina e Iván se encontraban más a menudo bajo el cielo teñido de estrellas, hablando de sueños y leyendas marinas.

Una noche, Iván confesó: «Tus ojos guardan misterios más antiguos que el mar, y cada vez que te miro, siento que descubro un nuevo universo».

Alina, ruborizada, solo pudo responder con una sonrisa y un agradecido brillo en la mirada.

Las noches se fueron tejiendo con historias y risas.

El viento, cómplice de sus encuentros, llevaba sus palabras hasta el final del horizonte.

Alina le mostraba a Iván sus dibujos, y él le contaba sobre las criaturas que, según decían, habitaban en lo más profundo del océano.

Una vez, mientras el sonido del mar creaba una melodía natural, Iván tomó la mano de Alina y junto a ella bailó, dejando que sus pasos siguieran el compás de las olas. «Bailar contigo es como flotar sobre las aguas», le susurró al oído.

Pero no todo era calma en el pueblo de Alina e Iván.

Una tempestad se cernía sobre ellos, la noticia de que Iván debía partir a navegar hacia mares desconocidos.

El anuncio cayó pesado como una roca al fondo del mar, y las promesas de un regreso seguro eran tan frágiles como un barco de papel.

El día de la partida amaneció nublado, como si el cielo mismo llorara por su adiós.

«Esperaré», dijo Alina con voz temblorosa, «por cada estrella que cruce nuestro cielo, cada noche, estaré aquí, dibujando nuestras memorias en la arena».

Iván, con la firmeza que dan las verdaderas promesas, respondió: «Cada ola que rompa contra el casco de mi barco me recordará a ti, y así, nunca estarás lejos. Volveré, mi amor, para bailar nuevamente contigo.»

Las lunas pasaron y con ellas las mareas cambiaron, pero la esencia de su amor se mantuvo intacta.

Alina pintaba en su taller, grandes lienzos que reflejaban la inmensidad de sus sentimientos.

Iván, en cambio, enfrentaba tormentas y soledad, pero mantenía firme la promesa hecha en la orilla del mar.

Un crepúsculo, mientras Alina trazaba en la arena la silueta de un barco, escuchó un eco familiar en el viento.

Levantó la vista y allí estaba, el velero de Iván acercándose a puerto, donde las velas parecían ondear al compás de su corazón acelerado.

La reunión fue mágica, como si el tiempo no hubiera pasado, como si el mar les hubiera mantenido unidos a pesar de la distancia.

«He navegado a través de los mapas más antiguos y los vientos más traicioneros,» dijo Iván con voz temblorosa, «pero ninguna aventura se compara con el camino de vuelta a ti.»

Alina sonrió, sabiendo que las historias más bellas no necesitaban palabras.

Se lanzaron en un abrazo que selló su amor con la fuerza de las olas y la eternidad de las mareas.

El tiempo pasó, y con él sus vidas se entrelazaron aún más.

Iván ya no navegaba a mares lejanos, sino que junto a Alina crearon un faro, un hogar donde las historias de amor y aventuras eran su brújula y su ancla.

Fue así como en la pequeña aldea, bajo la caricia de la luna sobre el mar de amor, Alina e Iván aprendieron que las almas pueden ser tan vastas como el océano y tan profundas como el más grande de los misterios.

Cuentan que en las noches claras, cuando la brisa lleva consigo el aroma del salitre, se puede escuchar la risa de dos enamorados que danzan en la orilla, recordando a todos que el amor verdadero es tan inmutable como las mareas y tan eterno como el vaivén del mar.

Moraleja del cuento «El Amor Inmutable»

La historia de Alina e Iván nos enseña que el verdadero amor no conoce de distancias ni de tiempos.

Que, como el mar, puede ser tormentoso y desafiante, pero también apacible y reconfortante.

Nos recuerda que los corazones enamorados, al igual que las mareas, siempre encuentran el camino para reunirse y que la promesa de un regreso es el faro que mantiene la esperanza viva.

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