La travesía de la gallina dorada y el bosque encantado de los susurros de otoño

La travesía de la gallina dorada y el bosque encantado de los susurros de otoño

La travesía de la gallina dorada y el bosque encantado de los susurros de otoño

En un rincón remoto de la campiña española, más allá de los dorados campos de trigo y los ríos serpenteantes, se alzaba un gallinero especial, famoso por una inhabitual gallina: Doña Aurelia, la gallina dorada. A diferencia de sus compañeras de plumas comunes y corrientes, el plumaje de Aurelia resplandecía con visos dorados, brillando bajo la luz del sol y destellando en la penumbra del alba.

Aurelia no solo era especial por su brillante apariencia, sino también por su valiente corazón y su innata curiosidad. El corral estaba situado cerca de un bosque que todos llamaban «El bosque encantado de los susurros de otoño». Ninguna gallina se aventuraba tan cerca de los árboles oscuros y frondosos, pero Aurelia, con sus ansias de exploración, soñaba con desentrañar los misterios que allí se escondían.

Una fresca mañana de septiembre, mientras el gallinero empezaba a despertar, Aurelia se acercó a sus amigas Clotilde y Marujita. «Hoy es el día», dijo con firmeza, «voy a descubrir lo que realmente se oculta en el bosque.» Las otras gallinas la miraron con sorpresa y preocupación. Clotilde replicó, «¿Estás loca, Aurelia? Nadie ha regresado de allí. Es peligroso y oscuro.»

Marujita, la más vieja del corral, añadió: «Dicen que hay espíritus y criaturas que se alimentan de nuestros sueños. No puedes aventurarte sola.» Pero Aurelia ya había tomado su decisión. «Me cuidaré, traigo esta piedra mágica conmigo», dijo mostrando una piedra que brillaba con una luz suave, «y sé que me protegerá.»

La gallina dorada emprendió su travesía mientras las sombras se alargaban en el camino. Al llegar al límite del bosque, la amplitud de los árboles formaba un túnel natural de hojas donde el viento susurraba secretos. Aurelia dio un paso firme y avanzó, dejando el brillo de la mañana detrás de ella y entrando en un mundo de penumbras y misterio.

Avanzó por senderos que parecían moverse con cada latido de sus patas, los susurros se entrelazaban con el crujir de las hojas secas, creando una sinfonía inquietante. De repente, escuchó una voz suave. «¿Quién osa perturbar la paz del bosque encantado?», resonó aquella voz desde las profundidades de las ramas.

Aurelia, sin muestras de amedrentarse, contestó con un tono claro y firme, «Soy Aurelia, la gallina dorada, y he venido a descubrir los secretos y maravillas que este bosque oculta.» Un destello de luz apareció a pocos metros de ella y, súbitamente, unas lechuzas de plumaje blanco, espectrales y hermosas, descendieron envolviéndola en un resplandor cálido.

«Te hemos visto desde hace tiempo, Aurelia», habló la más grande de las lechuzas, «Eres valiente y noble de corazón, no como otros que han venido antes por motivos egoístas. Sigue nuestro vuelo y hallarás respuestas a tus inquietudes.» Al seguir a las lechuzas, Aurelia notó que el bosque se abría ante ella, como si los árboles reconocieran su presencia y la invitaran a seguir adelante.

Después de un largo caminar, llegaron a un claro donde un viejo roble, inmenso y antiguo, se encontraba en el centro. Bajo sus ramas, un anciano de barba blanca y ropajes verdes esperaba. «Soy Don Fernando,» dijo con una voz profunda y amable, «el guardián de las estaciones del bosque encantado.»

Aurelia se acercó con respeto. «Señor Fernando, he venido en busca de la verdad y los secretos del bosque.» El anciano la miró profundamente, sus ojos como si fueran pozos de sabiduría y misterio. «Querida gallina dorada,» comenzó, «la verdad que buscas no solo reside en este bosque sino también en tu corazón.»

Ese enigmático comentario dejó a Aurelia aún más intrigada. «Dime, noble guardián, ¿qué significan estos susurros que escucho a cada paso?», inquirió. Don Fernando sonrió y, levantando su báculo, hizo resonar las ramas del roble. Espontáneamente, el viento se transformó en una melodía que hablaba sobre jornadas, sueños y valentía.

«Los susurros del bosque», explicó Don Fernando, «son las voces de las almas que alguna vez se atrevieron a cruzarlo. Son bendiciones y advertencias de aquellos que aprendieron, amaron y perdieron entre estas ramas.» Aurelia permaneció en silencio, comprendiendo la profundidad de sus palabras y sintiendo una mezcla de asombro y paz.

Finalmente, el anciano la miró con bondad. «Aurelia, tu corazón y tus sueños ahora están ligados con este bosque encantado. Eres libre de venir aquí cuando lo desees, siempre encontrarás respuestas y, sobre todo, encontrarás tu verdadero yo.» Con eso, alzó su báculo y Aurelia sintió una ola de calor envolverla.

Cuando el resplandor disminuyó, Aurelia se encontró de nuevo en el borde del bosque, con el gallinero a la vista. Había regresado pero sentía una transformación en su interior, una sabiduría silenciosa y permanente. Sus amigas Clotilde y Marujita corrieron hacia ella. «¡Estás bien!», exclamaron emocionadas, «¿Qué pasó en el bosque? ¿Qué viste?»

Aurelia les sonrió con suavidad. «Lo que he visto», respondió, «no se puede explicar en simples palabras, pero ahora entiendo que el verdadero valor reside en nuestro interior. El bosque me ha mostrado el camino a mis propios misterios y respuestas.» Las gallinas la miraron con ojos grandes y llenos de aprecio. Sus aventuras no solo habían iluminado su vida, sino también habían traído un nuevo espíritu al corral.

La vida en el gallinero cambió desde entonces. Doña Aurelia, la gallina dorada, se convirtió en el símbolo de valentía y sabiduría, y sus compañeras comenzaron a ver el bosque no como un lugar de temores, sino como un reino de posibilidades y aventuras todavía por descubrir. Los días pasaron con risas, historias y un renovado sentido de camaradería entre las gallinas.

El bosque encantado de los susurros de otoño permanecía allí, envolviendo a sus visitantes con su mágica y cálida presencia, siempre dispuesto a impartir sus antiguos secretos a quienes tuvieran el coraje de escucharlos. Y así, el pequeño corral, con su brillante gallina dorada, se llenó de historias y esperanzas que resonaron a través de generaciones.

Moraleja del cuento «La travesía de la gallina dorada y el bosque encantado de los susurros de otoño»

El coraje y la curiosidad pueden conducirnos a conocer no solo los misterios del mundo, sino también los de nuestro propio corazón. Incluso los lugares más temidos y desconocidos pueden ofrecernos enseñanzas valiosas cuando nos adentramos en ellos con un espíritu noble y valiente.

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